Ya estamos otra vez montando el árbol y el belén… ¿Ya?. ¡Pero si apenas hace un rato que lo recogimos el pasado mes de enero!
Hay que ver qué manido está hablar del paso rápido del tiempo… y de la vida. Infinidad de veces habremos leído sobre el tema cayendo en los mismos tópicos. ¿verdad? … Pues por éso no voy a hablar de ello ahora.
Y es qué ya me vale… un año sin dedicarle un rato a este pobre blog… y es que cuándo llegan las navidades siempre ocurre lo mismo…. justo en torno a la fecha de la lotería, el 22, todos nos recogemos en nuestros hogares, supuestamente con la familia, la que vemos todos los días, pero también con suerte la que vemos menos… y nos dedicamos a enviar y contestar felicitaciones a diestro y siniestro, para luego recordar, si nos dejan, a los que ya no están con nosotros y rememorar el tiempo, -la vida- pasada. Y ya he vuelto a caer en el tópico… Y no voy a hablar tampoco (¡más!) de ello.
Ahora tendría que caer en lo de los mejores deseos para el año nuevo, y la salud y la nuevas prácticas.. lo del ejercicio, el gimnasio, el peso y el colesterol… Pero no. tampoco voy a hablar de éso.
Y .. ¿entonces? 1
Vamos con unas batallitas..
La toalla
Hace un rato, en la ducha, secándome la espalda de manera mecánica y siguiendo una rutina grabada ya en la memoria profunda, recordé vívidamente cuándo aprendí esa forma especial de manejar la toalla.
En Almería, en las vacaciones familiares en el mes de julio de 1970.
El mes anterior había acabado el segundo curso del Bachillerato Elemental que estudié, como los anteriores, en la academia OLMAR que estaba cerca de casa. Al no estar reconocida oficialmente, al terminar cada curso, teníamos que examinarnos de todas las asignaturas en el instituto oficial, en nuestro caso en el vetusto «Cardenal Cisneros» que sigue por Noviciado en el centro de Madrid.
Igual que en primero de bachiller, aprobé todo en junio, todo memos la gimnasia, asignatura que suspendí de nuevo (tenía pendiente también la de primero) quedándome pendiente para recuperar en septiembre.
¡Y es que eso de la voltereta, el potro y sobre todo el plinto siempre fue demasiado para mi!2
El tema era demasiado y mi padre, en aquellos quince días de vacaciones, me obligó a asistir por las mañanas a «clases particulares» en un gimnasio, mientras el resto de la familia se iba a la playa.
Allí fue, en aquel gimnasio almeriense, dónde el instructor tras los ejercicios y la ducha me enseñó a secarme la espalda de la práctica forma que, desde entonces, empleo.
Por cierto, en septiembre volví a suspender la dichosa gimnasia… que no recuperé, junto con la de primero, hasta la convocatoria de junio del año siguiente, 1971, en el que hacía tercero de bachiller, ya en Valdeluz con los padres agustinos, y de la mano del profesor Baltasar Sanz Gadea (que sin duda fue compasivo conmigo).
Mano izquierda
Soy zurdo, un zurdo autocorregido y ambidextro para muchas cosas gracias a ello. Nunca supe, sin pensarlo antes, distinguir mi mano derecha de la izquierda. Pero una cicatriz vino a facilitarme la labor.
Fue antes, cuando vivíamos en Bilbao en 1965 o 1966. En Begoña, cerca del ahora en desuso ascensor del mismo nombre que facilitaba el acceso desde el casco viejo al barrio. Entonces había en los alrededores algunos descampados y huertas donde los chavales y chavalas jugábamos a la pelota, o las chapas, o matar ratas o a la comba y a la goma, según el grupo y el momento. Y un día, no recuerdo como, jugando con otros amigos cerca del estanco, con un culo de una botella rota me pegué un buen corte en el dedo índice de la mano izquierda.
La estanquera, una señora decidida y de armas tomar (condición imprescindible para regentar un establecimiento como aquél en aquellos años) a la que recurrimos asustados ante lo aparatoso del corte y la mucha sangre que de la herida salía, al verme, como si lo hiciera todos los días, sin alterarse, me metió en la cocina de la trastienda y en una de aquellas pilas redondas de piedra artificial, que junto con la cocina económica de carbón equipaban aún muchos de los hogares españoles de la época, con agua fría me lavó la herida, para después coger el bote de la lejía y con un buen chorreón desinfectarla antes de taparla con un apretado vendaje.
No recuerdo haber ido después a la Casa de Socorro ni que me dieran puntos de sutura ni ninguna cura adicional. Hoy, 60 años después, la cicatriz sigue siendo perfectamente visible, lo que ha sido siempre muy útil para averiguar «cual es mi izquierda».
Maniobras al volante.
Precisamente, esa dificultad a la hora de identificar correctamente cual es la izquierda y cual la derecha, hizo que no aprobara, a la primera (ni a la segunda) la prueba práctica del examen para obtener el carnet de conducir, allá por la calle de la Virgen del Puerto en dónde, en 1976, se realizaban en Madrid los exámenes, después de dar un buen número de clases prácticas en la autoescuela.
Mi profesor de prácticas de la autoescuela, que había sido camionero, me daba las clases en un seiscientos preparado para aquella función, de aquellos que abrían las puertas hacia atrás y tenían la primera sin sincronizar, de manera que para reducir a la primera desde una marcha superior, tenías previamente que parar el coche completamente.
Cuando me enseñaba las maniobras para aparcar, siempre se empeñaba en que cogiera el volante con la mano vuelta por dentro del volante para ejercer más fuerza en los giros marcha atrás, justamente como había que hacer necesariamente en los viejos camiones, sin servodirección, o en aquél seiscientos que tampoco lo tenía. Y aquello lo aprendí de tal forma que, instintivamente aún hoy así lo hago, aunque las modernas ayudas a la dirección lo hacen completamente innecesario.


En la Pedriza con nieve. 1976
Costumbres
Cada una de estas historias, y podría contar alguna más, vienen al caso para ilustrar cómo a lo largo del tiempo de nuestra vida, determinadas experiencias nos marcan y nos graban en la memoria pautas y rutinas que permanecen en nuestro día a día, que se hacen costumbre y pasan a formar parte de nuestros hábitos automáticos. Y así, en ocasiones, al salir de la ducha, al buscar nuestra izquierda o al girar el volante.., como también al llegar estas fechas navideñas y poner sistemáticamente, una vez más, el belén o el árbol, a veces las recordamos.
- Hasta este punto escribí en diciembre de 2023, hace justo dos años… y es que la historia vale igual. El tiempo pasa pero las circunstancias se repiten idénticamente, al menos con nuestra perspectiva limitada… ↩︎
- Hay que decir, en mi descargo, que en la academia no había gimnasio ni se practicaba en todo el curso, solamente unos días antes de los exámenes, en un descampado con unas colchonetas, un potro y un plinto prestado se enseñaban los ejercicios, lo cual era más que suficiente para la mayoría de mis compañeros, pero no para mi. ↩︎
















































