Punto atrás…

Nuestra querida Tía Portala falleció el pasado 11 de junio de este 2019, con 103 años que había cumplido el pasado 31 de marzo. Hablaremos de nuevo sobre ella en nuevas ocasiones para recordarla como se merece.

Hace un rato, Ana me contaba que fue precisamente ella, la Tía Portala (en la práctica, su bisabuela), la que le enseñó a coser a mano con la técnica del «punto atrás» (haciendo una especie de nudo de aseguramiento del cosido en cada puntada).

Ese comentario me hizo reflexionar, de nuevo, sobre la importancia de las relaciones con nuestros mayores. Hecho que tiene una doble cara, pues uno ya no es precisamente un mozalbete, como mis nietos me recuerdan con su sola presencia.

Y es que, en realidad, los momentos digamos «de contacto», que en los treinta años de mi hija, ella tuvo con su tía-bisabuela, no fueron demasiados. En sus primeros quince años, apenas las coincidencias en casa de mis padres con ocasión de fiestas y encuentros familiares, y en los últimos años, las pocas visitas en la residencia de ancianos y alguna vez en el hospital.

A pesar de ello, Ana evoca con alguna frecuencia lo aprendido con ella, e incluso con la tía Juana, la hermana mayor de Portala, que falleció hace ya más de veinte años.

Son historias, cuentos, juegos, tonadillas, palabras y gestos… y también técnicas y «modales», y … quizás algo más que no se definir. No sería llamativo en el caso de los recuerdos que tenía mi padre e incluso de los míos (además era mi madrina), pero se me antoja, curioso en el caso de mis hijos con tanta distancia generacional.

Obviamente, los caracteres y la personalidad de unos y otros, son sin duda factores a tener en cuenta, pero sobre todo el mandato instintivo, cual impronta, de la herencia genética (¿o deberíamos decir «memética»?) es la que gobierna estas relaciones naturales.

Y sin duda debe ser así, y así ha debido ser desde la noche de los tiempos.

Nuestros mayores, sienten la imperiosa necesidad de hablar y contarnos sin parar, reiterada y repetitívamente casi todas las experiencias de su vida… Y si no ¡que se lo digan a mi madre, «la bisa» como la llaman mis nietos!

Es la transmisión del conocimiento y la experiencia de unas generaciones a otras. Sin duda una pieza clave del éxito de la evolución de nuestra especie. Al menos hasta ahora.

Y es la circunstancia, que según los estudiosos de la evolución humana, ha hecho que los ancianos, una vez superado su papel activo y reproductor, hayan seguido siendo útiles a la comunidad.

Sin embargo, la artificiosidad creciente de las sociedades humanas modernas, esta «transmisiones» se dificultan cada vez más, llegando casi a impedirse. Conocimientos y experiencias que se pierden y que además no se valoran o se desprecian incluso, poniéndose en cuestión su validez ante la transformación continua de nuestras economías y formas de vida, a un ritmo como nunca antes se había conocido.

Por otra parte, paradójicamente, y gracias a la mejora de las condiciones de vida, vivimos más años…. muchos más. Con lo que el resultado de la ecuación es contundente… enorme riesgo de soledad e incomunicación…, frustración y desconcierto. ¿Es esto lo que nos espera irremediablemente?

No soy optimista en este tema, pero de momento y afortunadamente, compruebo que a pesar de todo algo queda y mi hija lo recuerda… ojalá que ella pueda vivir muchas experiencias transmisoras con la generación de sus bisnietos, como bien hizo mi tía Portala.

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Primeros libros…

Hay libros de juventud que nos marcan y recordaremos siempre.

Seguro que no habéis olvidado cuál fue el primero que leísteis completo y que os hizo sentir orgullosos.

Aunque resulte pedante por mi parte, el mío fue una biografía juvenil de Cristobal Colon de la colección Auriga, escrito por B. Losada, seguramente es Basilio Losada Castro (Láncara, Lugo 1930), publicada por la editorial AFHA en los primeros años 70.

Fascinante aquellos mundos de misterio y aventura en busca de tierras incógnitas, con carabelas y secretos mapas de los avezados pilotos de aquellos tiempos… una gozada.  Los secretos que rodean al personaje y las ganas de descubrirlos incentivaron la búsqueda de información adicional en otros libros… y lugares. Recuerdo al poco visitar con mis padres, el onubense Monasterio de Santa María de la Rábida en Palos de Moger, y mirarlo todo con ojos de «investigador», escrutando los objetos y viejos mapas que allí se conservan, esperando encontrar el misterio.

Después vinieron más libros, pero tendría que hacer un esfuerzo mayor para recordarlos.Constructor Joven 1963

Sin embargo, también recuerdo otro tipo de libro, desde luego menos abundante en aquellos años 60. Es el «El Constructor Joven» de la editorial Santillana. Traducción de Ana Mª Rubio del libro original francés de Charles Clisant de Editions La Farandule «Tours et astuces de Jeune Constructeur» de 1962.

Lo he reencontrado al cabo de tantos años, descubriendo que fue «reregalado» por mi padre a mi hijo, su nieto mayor, el día que él (el abuelo) cumplía 65 años, casi treinta años después de habérmelo regalado a mi.

Dedicatoria Constructor Joven

Recuerdo cómo me gustaba este libro y la frustración que me producía, las más de las veces, cuando no podía llevar a cabo y en muchos casos ni iniciarlas, las construcciones y experimentos que proponían sus páginas. Quizás si me hubiera criado en un entorno rural la cosa hubiera sido distinta, pero en un piso madrileño de aquellos años apenas nuestras madres nos dejaban ni estar…(¡Niño, porqué no te bajas a la calle un rato!).

Muchas cosas se podían hacer como vemos en su completo índice.

Indice ECJ

Pero las que más me «tiraban» eran las relacionadas con la electricidad. Aprender a soldar, electroimanes, telégrafos, timbres, y ¡cómo no! la radio de galena.

¡Ésa sí que la «hicimos»!.. Por supuesto, con la imprescindible ayuda de mi padre. Pero sí, la radio de galena, con aquella buena pieza de mineral que recogimos pasado Despeñaperros, cuando aún se podía parar en la N-IV camino de Bailen, esa funcionó. Gracias también al auricular telefónico, que todavía andará por algún rincón de casa, y por supuesto al precioso condensador variable de laminas paralelas que del desguace de un viejo aparato nos vino a las mil maravillas.

Galena

La Radio de Galena perfeccionada. Página 55 El Constructor Joven.

En fin, aquí os dejo copia de las páginas en donde se describen los dos modelos de radio de galena por si os apetece todavía repetir la experiencia.

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Siglo XXI y 21 lecciones

¿Sólo 21 lecciones? Parecen pocas para un siglo del que, en cuanto nos descuidemos, hemos consumido su cuarta parte.978958544642

Pero sólo esas son (obviamente se quedó en esta cantidad por «simpatía con el siglo») las que el autor de Sapiens y Homo Deus concreta en este libro editado en 2018: «21 lecciones para el siglo XXI» Yuval Noah Harari de la editorial Debate .

Se desarrollan todas estas «lecciones» suficientemente y con la extensión adecuada, y se lee este libro con fruición, de igual forma que los anteriores de los que ya hablé en esta entrada previa.

Sin duda su autor destaca por su lenguaje claro, preciso y sin rodeos que captura a los lectores desde el primer párrafo.

La lecciones, ordenadas en cinco partes, son las siguientes:

  • El desafío tecnológico. 1) Decepción, 2) Trabajo, 3) Libertad, 4) Igualdad
  • El desafío político. 5) Comunidad, 6) Civilización, 7) Nacionalismo, 8) Religión, 9) Inmigración
  • Desesperación y esperanza. 10) Terrorismo, 11) Guerra, 12) Humildad, 13) Dios, 14) Laicismo
  • Verdad. 15) Ignorancia, 16) Justicia, 17) Posverdad, 18) Ciencia Ficción
  • Resiliencia. 19)Educación, 20)Significado, 21)Meditación

Perfilamos en unos párrafos algunas de las ideas que se desarrollan en estas cinco partes.

En serio riesgo de irrelevancia

«El liberalismo está perdiendo credibilidad… justo cuando la fusión de la infotecnología y la biotecnología puede hacer que muy pronto miles de millones de humanos queden fuera del mercado de trabajo y socavar tanto la libertad como la igualdad… con riesgo de que nuevas dictaduras digitales controladas por una élite minúscula…mientras que la mayor parte de la gente padezca… irrelevancia». Todo un reto.

Una única civilización

La globalización, la inmigración masiva, y la reacción de los nacionalismos que estamos viviendo, justo en el momento que tenemos cada vez más conciencia de que pertenecemos a la misma única civilización que existe en el mundo, ponen en cuestión también las antiguas tradiciones religiosas a las que, a pesar de todo, se vuelve la mirada en búsqueda de respuesta. ¿Estará allí o podrá la Inteligencia Artificial crear una comunidad global que salvaguarde la libertad y la igualdad humana?

Optimismo imprescindible

«Aunque los retos no tienen precedentes, y aunque los desacuerdos son enormes, la humanidad puede dar la talla si mantenemos nuestros temores bajo control y somos un poco más humildes respecto a nuestras opiniones». El terrorismo y la guerra y sus amenazas, aunque pueden parecer controlados y a la baja (veáse mi anterior entrada en relación con esto) no pueden menospreciarse dado que el orgullo -la falta de humildad- y sobre todo «la estupidez humana no debe subestimarse jamás». Por otra parte,  hasta la fecha parece que la creencia y la fe religiosa no tienen una contribución homogénea a la paz y la armonía del mundo. El laicismo sin dogmatismos, es también una opción viable para llevar una vida moral que busca la verdad y la compasión.

Aceptando que no tiene que ser como nos gustaría

«..nuestros antepasados (en sus pequeñas comunidades) podían pensar juntos acerca de los problemas comunes a los que se enfrentaban….Pero ahora padecemos problemas globales, sin tener una comunidad global… Todas las tribus humanas existentes se hallan absortas en promover sus intereses particulares y no en entender la verdad global.»

Pero ¿y la verdad?. ¿Hasta qué punto podemos comprender los acontecimientos globales y distinguir entre las fechorías y la justicia? ¿Somos capaces de dar sentido al mundo que hemos creado? ¿Existe todavía una frontera clara que separe la realidad de la ficción? Algunas noticias falsas duran para siempre.

Hay que releer «Un mundo feliz» de Aldous Huxley, es ciencia ficción. O deberíamos escribirlo así: ¿es ciencia ficción?.

Significado. El sufrimiento es «real»…

«Debido a la velocidad creciente del cambio, nunca puedes estar seguro de si lo que te dicen los adultos es sabiduría intemporal o prejuicio anticuado»

Los relatos antiguos se han desmontado y todavía no ha surgido un relato nuevo que los sustituya. Es el desconcierto en que vivimos. Y para superarlo la educación es la vía (¿os suena?). Pero tomando constancia y conciencia de que el «cambio es la única constante». ¿Quién soy? ¿Cual es el sentido..? La respuesta que esperamos es siempre «un relato».. pero la vida no es un relato. Todos los relatos son incompletos. El universo no funciona como un relato. No somos un relato. Pero la pregunta no era ¿Cual el sentido de la vida?, realmente es: ¿Cómo podemos librarnos del sufrimiento?; y aunque los humanos no estamos especialmente dotados para distinguir la ficción de la realidad, … » la cosa más real del mundo es el sufrimiento».

De modo que si queremos saber la verdad acerca del universo, del sentido de la vida y de nuestra propia identidad, lo mejor para empezar es observar el sufrimiento y analizar lo que es.

Simplemente observemos, observémonos y meditemos…

En este vídeo (que podemos configurar con subtítulos traducidos al castellano) se entrevista al autor en la sede de Google, sobre el contenido de su libro, del que comenta las conclusiones más destacables.

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En defensa de la Ilustración

Puede sorprendernos a estas alturas de la historia de la humanidad, pero el movimiento de la Ilustración, sus enseñanzas y difusión, debe ser activamente defendida. Este el el argumento base del libro «En defensa de la Ilustración. Por la razón, la ciencia y el humanismo» escrito por Steven Pinker, Paidós 2018, profesor canadiense de psicología en la Universidad de Harvard (ver entrevista en El País) ha escrito este último libro que hemos leído con mucho interés y que recomendamos encarecidamente.

“Los ideales de razón, ciencia y humanismo necesitan ser defendidos ahora más que nunca, porque sus logros pueden venirse abajo. El progreso no es una cuestión subjetiva.»

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Y desde luego debería ser muy atendido por aquellas personas tan abundantes en estos tiempos, que no solo creen aquello de «cualquier tiempo pasado fue mejor», si no que son difusores beligerantes del mayor de los pesimismos sobre el futuro que nos espera. Y es que pocos se paran, escuchan y observan objetivamente  la historia previa de nuestra saga y mucho menos extrapolan y proyectan conclusiones hacia el futuro, bueno, si lo hacen pero negando las tendencias positivas que se encuentran mirando a donde se mire…

Y de esto se encarga en profundidad y con un lenguaje claro y contundente, Pinker en este trabajo.

El contenido del mismo no tiene desperdicio alguno. Este es su índice:

Primera parte: La Ilustración

Segunda parte: El progreso

Tercera parte: Razón, Ciencia y Humanismo

Centrando el tema en la primera parte, dejando claro lo que fue y es la Ilustración y sus protagonistas históricos, pasa de inmediato a contarnos sus efectos en el capitulo del Progreso, en el que con cientos de referencias, datos y más de setenta gráficos nos presenta la tendencia claramente positiva de la historia hasta aquí.

No por lo anterior deja Pinker de contarnos los temas pendientes que necesitan aún seguir mejorando más aceleradamente, el cambio climático, las armas atómicas, los populismos, entre otros, pero incluso aquí no puede cundir el pesimismo…

Y concluye con los elementos imprescindibles de la ecuación de la Ilustración; la razón, la ciencia y e humanismo. Así sea.

Podeis ver una charla del autor en TED en este vídeo (podéis configurar los subtítulos en el idioma que se desee):

De él entresacamos sus últimos párrafos que vienen a centrar el mensaje del libro y coincide con sus últimas páginas.

«Nacemos en un universo despiadado, con pocas probabilidades de lograr un orden que haga posible la vida y en constante peligro de derrumbarse. Nos ha moldeado una fuerza que es implacablemente competitiva. Estamos hechos de madera torcida, vulnerable a las ilusiones, el egocentrismo y a veces a una estupidez pasmosa.

Sin embargo, la naturaleza humana también fue bendecida con recursos que abren un espacio a una suerte de redención. Estamos dotados de la capacidad de combinar ideas de manera recursiva, de tener pensamientos sobre nuestros pensamientos. Tenemos un instinto para el lenguaje que nos permite compartir los frutos de nuestro ingenio y experiencia. Somos más profundos gracias a la capacidad de solidaridad, de piedad, de imaginación, de compasión, de conmiseración.

Estas dotes han encontrado el modo de aumentar su propio poder. El alcance del lenguaje ha aumentado gracias a la palabra escrita, impresa y electrónica. Nuestro círculo de solidaridad se ha expandido mediante la historia, el periodismo y las artes narrativas. Y nuestras endebles facultades racionales se han multiplicado por las normas y las instituciones de la razón: la curiosidad intelectual, el debate abierto, el escepticismo ante la autoridad y el dogma, y la carga de la prueba para verificar las ideas confrontándolas con la realidad.

Y la espiral de la mejora recursiva cobra impulso, ganamos nuestras victorias contra las fuerzas que nos oprimen, sobre todo, las partes más oscuras de nuestra propia naturaleza. Penetramos los misterios del cosmos, incluyendo la vida y la mente. Vivimos más tiempo, sufrimos menos, aprendemos más, nos volvemos más inteligentes y disfrutamos más de los pequeños placeres, y de las ricas experiencias. Menos de nosotros somos asesinados, agredidos, esclavizados, explotados u oprimidos por los demás. Partiendo de unos pocos oasis, los lugares con paz y prosperidad están creciendo y algún día podrían abarcar el planeta entero. Todavía queda mucho sufrimiento y peligros tremendos. Pero se han planteado ideas sobre la manera de reducirlos, y una infinidad de ellas está aún por concebir.

Jamás tendremos un mundo perfecto, y sería peligroso buscarlo, pero las mejoras que podamos lograr no tienen límites si seguimos aplicando nuestros conocimientos para impulsar el florecimiento humano.

Esta historia heroica no es un mito más. Los mitos son ficciones, pero esta historia es verdadera, verdadera hasta donde alcanza nuestro mejor entender, que es la única verdad que podemos tener. Conforme avance nuestro conocimiento, podremos ver qué partes de la historia siguen siendo verdaderas y cuáles no, cómo podrían ser algunas de ellas y en qué se podrían convertir.

Y esta historia no es patrimonio de ninguna tribu, sino de toda la humanidad, a cualquier ser sensible con el poder de la razón y el impulso de persistir en su existencia. Y es que solo se requieren las convicciones de que la vida es mejor que la muerte, la salud es mejor que la enfermedad, la abundancia es mejor que la penuria, la libertad es mejor que la coerción, la felicidad es mejor que el sufrimiento, y el conocimiento es mejor que la ignorancia y la superstición.»

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El tío Manuel

Los recuerdos, a veces llegan de manera anárquica e inesperada, pero normalmente se evocan periodicamente cuando nos reencontramos en nuestra rutina vital con algo, un objeto, lugar o fecha, que indefectiblemente tenemos asociado en algún lugar de nuestra memoria.

Sin duda en las fechas navideñas, esos «evocadores de recuerdos» se prodigan más que en ninguna otra época del año. Y la llegada de los reyes magos es una de ellas.

Todos tenemos familiares con los que el contacto (antes de la era de internet) se veía reducido a unas pocas visitas y encuentros en fechas destacadas (navidad, cumpleaños, comuniones y bautizos, etc…). Este era el caso de mi tío Manuel, hermano de mi abuela materna, Natalia, y su mujer, la tía Lola.

Manuel Ocaña Malpica fue el único varón de los cuatro hijos de los bisabuelos Juan José (Ocaña Carazo)  y Serafina (Malpica Moreno). Nacido como toda la familia, en el jienense pueblo de Santiago de Calatrava, en el año 1901. Pronto tuvo que buscarse la vida emigrando a Madrid con su mujer la tía Lola (Dolores Gordo Velasco), en donde como albañil, sabemos que trabajó en la construcción del edificio de la Telefónica de la calle Gran Vía entre los años 1926-1930, y en 1935 aparece como admitido en la oposición al cuerpo de Guardas del recién creado Patrimonio Forestal del Estado, con resultado seguramente frustrado por los acontecimientos del año siguiente.

La guerra civil, la soportaron también en la capital, ya con sus tres hijos, y debieron pasar lo suyo, como todos los madrileños. Poco más sabemos de aquello, toda vez que como todos nuestros mayores, aprendieron a hablar poco del tema.

Nuestros recuerdos infantiles, de los años sesenta, se reducen a las visitas mutuas que una par de veces al año hacíamos a casa de los tíos, en la muy céntrica plaza de Puerta Cerrada en el Madrid de los Austrias. Allí la tía Lola regentaba la portería de una muy humilde casa de vecinos (entonces todas tenían porteros) que le daba derecho a vivienda lo que sin duda reducía los gastos del día a día.

¡Bueno, si a aquello se le podía llamar vivienda! Después de superar una estrecha y empinada escalera, en el primer descansillo justo a la derecha, estaba la casa-tubo. Una sola ventana a la calle, justo en la esquina de la plaza, con un espacio dormitorio y directamente tras unas cortinas el comedor-estar-entrada y más al fondo casi ya sin luz natural, la cocina con un habitáculo-retrete en el que apenas éste cabía. Y allí vivieron, criaron y sacaron adelante a sus hijos.

A pesar de aquella penuria de recursos, recuerdo siempre lo bien acogidos que éramos y como la tía Lola no nos dejaba marchar sin cenar o merendar o lo que encartase. Siempre había unos generosos huevos con patatas o chorizo de Santiago que nos sabían a gloria.

Estas visitas eran de vez en cuando… pero lo que era fijo y no fallaba nunca, era la visita del tío Manuel en la mañana del día de reyes cada seis de enero. Con no poco esfuerzo, sobre todo siendo ya mayor, venía con los regalos de reyes, en el metro y el tranvía, hasta nuestra casa, más allá de la Plaza de Castilla, casi ya en el pueblo de Fuencarral.

Los regalos de reyes del tío Manuel.

¡Entre ellos no faltaba nunca el carbon dulce de los niños malos!. Pero de inmediato teníamos otro más interesante…por lo menos el primer año. Un plumier. Siempre un plumier, de un tipo o de otro, año tras año, los reyes del tío Manuel se repetían.

Ahora recuerdo con cariño a mis tíos y sus regalos de Reyes, y  aquellos plumieres de nuestros primeros años escolares. Especialmente aquellos de madera de dos pisos, que guardaban nuestros lápices y escasos bolígrafos, e incluso plumillas (cuando comento que me enseñaron a escribir con plumilla, no se lo creen) de los primeros años.

En fin, sirvan estas líneas como pequeño homenaje de recuerdo al tío Manuel y la tía Lola, a los míos y a los que todos tenemos por ahí, seguro, en algún lugar de la memoria.

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