Cuarenta años hace, cuando escribo esto, que aquellos compañeros de laboratorio de electrónica, tras horas de estudio y trabajo en la escuela, azuzados por la esplendorosa primavera de aquél 1980, libres -no como hoy, encerrados por un virus-, aquella tarde, se escapararon a la sierra madrileña, abandonando por un rato las tareas y los libros.
La sensación de hacer algo atrevido, a hurtadillas del resto del mundo, en nuestro «propio coche», solos y buscando la soledad de nosotros dos, para emborracharnos de… nosotros mismos. Eso era, sin duda, la libertad, la mejor libertad posible…

Empezabamos a constuir nuestra pequeña historia, esa que sólo nos pertenece a nosotros, a nosotros dos.
Sin más, atrevidos y con aquel «seiscientos» verde que la tia Manoli nos dejaba usar a diario graciosamente, ¡qué aventura!, carretera de Colmenar, camino de Manzanares El Real, directos al campo.
Llegar, descubrir, visitar, … «la finca·», un par de parcelas en la urbanización, en la que se proyectaba construir una casita, segunda vivienda de mi familia, para pasar los fines de semana.
¡Vamos a dar un paseo!
Si, vamos a visitar «al muerto».

«El muerto» es como familiarmente denominamos a ese pequeño hito granitico en medio del cruce de cañadas, que seguramente sólo determina las lindes de los municipios, pero que para nosostros siempre será una especie de tumba del ciudadano desconocido, cuyos familiares eligieron uno de los mejores lugares del entorno para reposar disfrutando del mejor paisaje de la zona, dominado por La Maliciosa y en compañía de Los Porrones…
Inmejorable lugar, al que volvimos después, quién lo iba a imaginar entonces, muchisimas veces con unos y con otros, amigos y familia, padres, hijos … y nietos.
Verde y tupida, recuerdo que estaba la pradera aquel viernes 25 de abril de hace 40 años, hierba sana, nada contaminada, sin los cardos que después invadieron el lugar…

Estupendo tapiz para tumbarse y retozar, para disfrutar del aire y del sol, para sentirnos, para respirarnos. Sólos, con el silencio alrrededor, tumbados juntos al lado del hito en la pradera. El lugar y el momento …
Hay cosas que se recuerdan mejor que otras. El olor de un momento, de un lugar, es para mi una de ellas. Es intenso, sublime, vaporoso, quizás fugaz, pero ahí está, cuando rememoro algo. No siempre, pero cuando está, se refuerzan en la memoria, en el recuerdo, otras sensaciones, con mayor realismo, voluptuosamente.
No se si fue allí y entonces, o después, ya de vuelta a la rutina diaria, la de un par de esudiantes de teleco, cuando fijamos aquella fecha, la del 25 de abril, como referencia de algo, como punto de partida de algún compromiso, de una decisión transcendente en nuestra vida.

Si, eso fue… Fue la fecha de nuestro compromiso mutuo. Quizás por ello la recordamos. Por eso la hemos venido celebrando, al menos en la intimidad, como efemérides de algo importante. ¡Y van cuarenta veces…!
Cuarenta.






